21 de diciembre de 2011

Códigos

¿Desde cuando existe un código de vestuario para ir al mall?

12 de enero de 2011

Triste pequeño santiaguino

Ayer en la noche oí un comentario acerca del estilo de vida de los capitalinos. Nada nuevo bajo el sol, pero algo en el modo de describir de qué manera vivimos el día a día me desconcertó.
El contexto radicaba del fallido intento de la cierta carretera consecionada de aumentar el precio del peaje en la hora punta. Es muy simple, pero recién ayer me hizo sentido que los santiaguinos pagamos por estar incómodos y ser infelices.
Pagamos más por el transporte en horas punta, donde el servicio es malo y se pasa peor.
Pagamos más por el sueño de una carrera que (según la publicidad) nos abrirá miles de puertas y nos convertirá en todos unos emprendedores.
Pagamos más por estatus, por la frágil conciencia de qué es algo que eventualmente es positivo, aunque no se vea ni se sienta.
Este caballero no es ni el primer ni el último provinciano que siente el culpable placer de ver cómo nos meten el dedo en la boca. En este preciso momento hay una región completa movilizándose (¡En CHILE!) en pos de su bienestar. Pues bien, para ellos el gas es parte de su calidad de vida.
Lo remarco, porque es algo que aún no nos entra en la cabeza. No sé si será el efecto prolongado de ecuchar música a altos decibeles, la sobrepoblación, el calor del verano or who knows, pero pareciera que nos hundimos en el hoyo de pasividad depresiva. Asumimos que la vida así es, y así será.
Nos merecemos viajar mal, nos merecemos trabajos que no nos gustan. Es justo que nos cobren por estudiar, es justo que nos cobren por atender nuestras enfermedades, es justo comer mal, y es justo no tener tiempo siquiera para ver a tus seres queridos. Algo sucedió en algún momento (Aún es un misterio para mí), que provocó esta sensación de desamparo justificado.
Pues bien, lamentablemente no tengo las llaves a la felicidad.
Pero si la tuviese, quizá no estaría en Santiago como para compartirla.